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Libro: Esa horrible lucidez

Reporteado por: Diego Zúñiga En categoría: Tiempo libre

Fue el último libro que escribió antes de morir. Diario de muerte, de Enrique Lihn, refleja toda esa etapa de enfermedad, de desasosiego que sufrió el poeta y que hoy, cuando acaba de reeditarse, sigue siendo un libro desgarradoramente lúcido.

“Qué chuchas puede enseñar el dolor a un agonizante”, escribe Enrique Lihn en una de las anotaciones de Diario de Muerte (Ediciones UDP) y el verso produce un sonido incómodo, lleno de una honestidad brutal que recorrerá todo el libro. Porque si Diario de Muerte puede resumirse en un par de palabras, es inevitable mencionar honestidad, brutalidad, desasosiego, enfermedad y rabia.
Enrique Lihn se estaba muriendo. Le habían diagnosticado un cáncer y las posibilidades de seguir con vida eran remotas. Eso él lo sabía, por lo que decidió enfrentar la sentencia, que se escondía a unos pocos pasos de él, como había enfrentado la vida: con la escritura.
lihndiarioEn ese entonces, 1988, nadie negaba la importancia de Enrique Lihn en la poesía chilena contemporánea. Era admirado por las generaciones más jóvenes, respetado por sus pares y la academia y comenzaba a circular su nombre, con fuerza, por Hispanoamérica. Al año siguiente se publicaría, póstumamente, una antología de él en España, signo de su consagración.
Pero en ese momento, Enrique Lihn decidía dejar constancia de sus últimos días. Anotaciones, poemas, versos sueltos que reflejaran lo que significaba luchar cara a cara con la muerte. “Robarle unos cuantos secretos”, como había escrito años antes, quizá prediciendo lo que le tocaría.
Y el resultado es este libro que acaba de ser reeditado, por suerte, pues era casi inencontrable. Y digo por suerte, porque después de leer y releer estos poemas, queda la sensación de que Diario de muerte no es un libro más de Lihn, no son las sobras del poeta chileno más importante de la segunda mitad del siglo XX, como dijo Bolaño.
Acá nos encontramos, por momentos, con el mejor Lihn: el lúcido, el rabioso, el hombre que lograba unir inteligencia y emoción a niveles escalofriantes: “Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos / por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad / pero, a la larga, eso no tiene sentido…”. O, como escribiría en otro poema: “Ahora sí que tú y yo estamos más lejos uno del otro / que dos estrellas de diferentes galaxias. / Ningún astrónomo logrará tenernos juntos / en su vertiginoso campo visual / ni el fotógrafo de Cartagena ante su Polaroid / así fue hace la infinidad de siete años / el resto de las imágenes son nubes de la memoria / y de aquélla y de todas se ha retirado la vida”.
Cuenta Adriana Valdés (quien junto a Pedro Lastra preparó la edición de Diario de muerte) en un capítulo de su libro Enrique Lihn: vistas parciales, que en sus últimos días, cuando escribía este diario, Lihn había decidido llevar amarrado a su muñeca un hilo desde donde colgaba un lápiz. La imagen habla por sí sola: nos remite a un Lihn enfermo de escritura, porque retrata a un hombre obsesionado con escribir, con reflexionar sobre el ejercicio, pero también un hombre cansado de la vida, preguntándose qué va a sacar en limpio de toda esa enfermedad.
Pocos libros resultan ser tan desgarradores como Diario de muerte. Quizá Veneno de escorpión azul, de Gonzalo Millán (también un diario de vida que el poeta llevó en sus últimos días), o Luz rabiosa, de Rafael Rubio (poemas dedicados a su padre muerto), a pesar de que estos dos títulos son posteriores a lo de Lihn y, evidentemente, influenciados por él.
“La muerte es un buen amigo común / que te ha traído a mí con sencillez / cuento con la seguridad de tu compañía / y el regalo de tus cuidados / tanto o mejor que en los buenos tiempos / te despreocupa ya no ser la única / no por indiferencia sino por amor / que en personas como tú crece después de extenuarse / hasta ser nada más que un incansable / acto de generosidad”, escribe Lihn, tratando de encontrarle un sentido a la muerte, recordando lo que ha sido su vida; dos puntos que cruzarán estas anotaciones moribundas, pero llenas de una horrible lucidez

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Sin comentarios Etiquetas: Adriana Valdés, Diario de muerte, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Luz Rabiosa, poesía chilena, Rafael Rubio, reseña, Veneno de escorpión azul

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