Reporteado por: Priscila Azevedo Rocha En categoría: Actualidad
Cuando Luís Inácio Lula da Silva asumió como Presidente de Brasil el 1 de enero de 2003, mucho prometía y poca seguridad generaba. Siete años y dos mandatos después, está listo para dejar el sillón presidencial en un año más con un 72 por ciento de aprobación, la mayor popularidad obtenida por un presidente brasileño.

Foto: Ints Kalnins/REUTERS
Como E.T., su película favorita, Luís Inácio Lula da Silva al principio se sentía medio perdido. Poco sabía sobre política y sobre la tasa de inflación. En su infancia, que estuvo marcada por la separación y la pobreza, lo único que estaba seguro es que las diferencias sociales que marcaban Brasil, su Brasil, eran profundas, y que esto tenía que cambiar.
Nacido en Caetés, una ciudad de 26 mil habitantes localizada en el nordeste del país, a él y a sus siete hermanos les faltaba comida y educación, lo que motivó a que su madre, Eurídice Ferreira de Melo, llevara a sus ocho hijos al litoral del estado de São Paulo. Tras un largo viaje de trece días arriba de un camión y ya instalado en Guarujá, él empezó a ganar sus primeras monedas como lustrabotas, para que luego irse a vivir definitivamente a la capital Paulista.
Recién a los diez años aprendió a leer y a escribir. Luego comenzó a trabajar en una tintorería para después entrar como aprendiz en una metalúrgica en São Bernardo do Campo, en la gran São Paulo, un camino sin vuelta a tras. En 1969 fue elegido dirigente sindical y en 1975 se convirtió en presidente del mismo sindicato. Este último hecho según la Revista brasileña Veja, “no tardaría en hacer que este personaje fuera reconocido como un líder con suficiente fuerza”. Y así fue que en 1980 se convirtió en una pieza fundamental en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT), cuya idea era representar precisamente a los sindicalistas.
De sindicalista a Presidente
“Y yo, que tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de la República de mí país”. Con estas palabras Lula dio inicio a su primer gobierno. Tras cuatro intentos, ganó las elecciones de 2002 con 61 por ciento de los votos, el mayor número en la historia de la democracia en Brasil. Una elección que de acuerdo a la Revista Veja, representó una novedad, ya que era la primera vez que un hombre de origen humilde, sindicalista y que fundó su propio partido político llegaba a ser Presidente.
Con el socialismo en el poder, se esperaban muchos cambios en la estructura política y económica del país. La sorpresa llegó cuando el recién electo Presidente anunció que iba a seguir con la misma fórmula económica de su antecesor, Fernando Enrique Cardoso, que fue uno de los propulsores del “Plan Real”, responsable de disminuir la inflación del país y de estabilizar la moneda local.
Así, de a poco fue construyendo un Brasil caracterizado por la baja inflación, por el alto crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y por la reducción de la cesantía, generando nuevos empleos y estimulando el acceso de los jóvenes a la educación. También siguió con los dos proyectos estrellas de su gobierno: el “Hambre Cero”, que busca llevar alimentos para todos y “Bolsa Familia”, que es una continuación del programa “Bolsa Escuela” creado por Cardoso, cuya intención es ayudar a familias consideradas pobres, con ingresos mensuales entre 70,01 y 140,00 Reales (aproximadamente entre 30 y 60 UDS) y de extrema pobreza, que viven con un dólar o incluso menos por día.
Para Mariana Martínez, columnista de BBC Mundo, eliminar la pobreza y la desigualdad en Brasil va más allá de brindar a todas las familias un plato de comida tres veces al día. “Pero es justo reconocer que al menos existe un gobierno comprometido con el bienestar de su pueblo, algo muy difícil de ver en nuestros días”, agrega. Además, el diario francés Le Monde afirma que el programa “Bolsa Familia” permite y amplia el acceso de muchos brasileños a la educación, representando así una “excelente salida de la pobreza”.
En medio de su segundo gobierno llegó la crisis económica mundial. El miedo frente a la inestabilidad de las grandes potencias movió el piso de Lula, pero la casa no se derrumbó.
Cuando la ilusión de un gobierno socialista ya no era un tema en discusión, el Presidente llamó a todos los brasileños a “consumir, consumir y consumir”. Con esto había circulación de capital, las tasas de interés estaban más bajas y la clase media, que en ese entonces representaba más de la mitad de los 191,8 millones de habitantes, vivía bien y podía tener acceso a ciertos lujos de vez en cuando.
Suerte, milagro o simplemente un buen momento. Por más que el gobierno haya enfrentado escándalos de corrupción en 2005 y 2006, el hecho es que la calidad de vida en muchas ciudades en el norte y nordeste del país, que son las zonas más pobres de Brasil, ha mejorado y el crecimiento económico es evidente.
Como en casi todas las películas, para Lula el final se viene feliz. Pero el futuro del Partido de los Trabajadores y su sueño de estar eternamente en el poder se ve fragmentado: Dilma Rousseff, actual ministra elegida como la sucesora de Lula, se encuentra en segundo lugar en las encuestas para la elecciones del 3 de octubre, perdiendo frente al actual gobernador del estado de São Paulo, José Serra del Partido Social Demócrata de Brasil. El cambio de mando, de existir uno, sería el 1 de enero de 2011.
1 comentario Etiquetas: Brasil, elecciones 2009, Luís Inácio Lula da Silva, Lula, presidente
Muchas personas dicen que la educación, el título universitario y las estrellitas son requisitos básicos para ser un gran político. Lula ha desmitificado todo y es probable que su nombre quede grabado en la historia brasileña como uno de los más grandes estadistas.
Brasil hoy es una economía emergente, pero con disminusión de la brecha social.