Reporteado por: Ariel Valenzuela En categoría: Tiempo libre
Nominada al Globo de Oro como mejor película extranjera, Los abrazos rotos se desprende parcialmente del sello localista y picaresco de su creador para embarcarse en el drama más puro y universal, consolidando así la etapa de madurez del español ganador del Oscar.
El Almodóvar multicolor, rico en travestis y griterío al que estábamos acostumbrados sorprende con un potente y oscuro drama familiar y pasional. En efecto, el español se ha caracterizado históricamente por transmitir experiencias a través de la fuerza visual y la espontaneidad, en forma notable y rentable. Esta faceta, que ya venía explotando desde Todo sobre mi madre (1999), implica un nuevo desafío diez años después: Los abrazos rotos pone a prueba una vez más la capacidad del renombrado director de entregar melodrama puro, sin renunciar totalmente a los detalles que identifican su estilo y filmografía.
En Los abrazos rotos, se nos presenta al director y guionista Mateo Blanco (Lluis Homar), quien tras perder la vista y a su amada Lena (Penélope Cruz) en un accidente automovilístico, entierra su identidad y da vida a un nuevo hombre, bajo el pseudónimo de Harry Caine (un juego de palabras para hurricane, huracán), quien durante quince años ha sobrevivido gracias a los guiones que escribe. Harry cuenta con el apoyo de su agente y fiel compañera, Judit y del hijo de ésta, Diego. Una noche, el niño sufre un accidente y durante su convalecencia, Harry decide contarle su historia como si se tratara de uno de sus guiones.
La historia comienza mientras Caine dirigía la película “Chicas y maletas”. Allí inició su relación con Lena, la actriz principal y pareja del productor ejecutivo, Ernesto Martel (José Luis Gómez), un empresario multimillonario de origen chileno, y cuenta cómo la necesidad de mantener el affaire en secreto se vinculó con el fatal accidente.
La aproximación a tópicos como la superación de la adversidad, la relación padre-hijo y la suavización de las situaciones sórdidas y personajes freaks típicos de Almodóvar, le otorgan un sabor telenovelesco y quizá más próximo al canon dramático. Su punto bajo es que no son pocos los momentos en que el filme se vuelve innecesariamente lento: abundan las escenas que se prolongan más de lo necesario, puesto que la situación descrita ya ha generado una atmósfera perfectamente comprensible, que no depende en gran medida de la imagen ni del tiempo para ser transmitida.
Se trata de un proyecto ambicioso que pone a toda prueba la versatilidad, capacidad artística y creativa del director manchego, las que, combinadas con la metodología requerida para el drama clásico, lo transportan a una dimensión estilística completamente nueva, madura, en la que ya no necesita reciclar su pasado fílmico para sobresalir.
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