Reporteado por: Carolina Mascareño En categoría: Sociedad
Suelen recorrer las calles de la ciudad, montando un espectáculo que el público aplaude y espera. Ingrid, Antonio y Jorge están decididos a comunicar su arte lo más cautelosamente posible, aunque para ello tengan que convertirse en seres tan mudos como una puerta, una mesa o un paradero de Transantiago.

Foto: Juan Pablo Echenique/KM Cero
Un pequeño escenario en penumbras es suficiente. El público se hace callar entre sí, pues ya los tres actores han subido y la obra empezará de un momento a otro. Pareciera que el sigilo de los presentes pudiera cortarse con cuchillo.

Foto: Juan Pablo Echenique/KM Cero
Las tres figuras, de negro, se desplazan y comienza un espectáculo dramático, donde el protagonista es el lenguaje corporal. Antonio (27) pone un despertador imaginario, se levanta de una cama también invisible y da inicio a una jornada laboral. Al cruzar la puerta de la casa, Ingrid (33) deja de ser mueble y se transforma en una señora que pasa por la calle. Jorge (23) también cambia de rol, es un anciano que, entre temblores y pasos de tortuga, entorpece la carrera de Antonio hacia un paradero de Transantiago que sólo existe gracias a ese tácito acuerdo entre los personajes y el público que ríe y aplaude.
El día de Antonio transcurre en una oficina. Ingrid hace las veces de jefa, de mesa, de lamparita y cocinera de casino. Coquetea mediante contoneos y pestañeos con Jorge, quien se convierte, en cosa de segundos, en compañero de trabajo de Antonio, puerta y, posterioremente, garzón del bar al que llega el desesperado y trabajólico protagonista. Embriagado de soledad y pesar, Antonio invita a bailar a Ingrid, que representa a una chica que bebía en el bar, también sola. La galantería de nuestro héroe se diluye a los pocos segundos. Con un estudiado y pícaro manotazo, le agarra el trasero a su acompañante.

Foto: Juan Pablo Echenique/KM Cero
Jorge es un wurtlitzer que mira al cielo. Sus manos hacen de disco y plato de una música que el público sí puede apreciar: el único sonido que proviene del escenario, compuesto por una melodía pastosa, resuena a través de uno parlantes.
El “wurlitzer” se metamorfosea en un instante y volviendo a ser mozo, le asesta un puñetazo a Antonio, que lo saca volando del bar. La llegada de la noche, entre pesadillas y zombies, da paso a un nuevo día y a otra función del grupo: “Salón de Belleza”.
Ingrid recorre las calles. Ve un cartel y no titubea: entra al salón de belleza, empujando a Antonio- la puerta- y saluda, con gestos gatunos, al estilista. Jorge describe los procedimientos de embellecimiento. Para ilustrar el corte, sus manos emulan tijeras afiladas, la depilación se entiende por tirones con cera imaginaria a las piernas y, para completar el pack, también le ofrece masajes. Ingrid asiente a todo y el estilista pone manos a la obra. Saca champús, peinetas y tijeras de un armario vestido de negro y pelo rubio- Antonio- y comienza a cortar la frondosa cabellera invisible de Ingrid. Corta por aquí y por allá, intenta emparejar, pero es en vano: su corte, pese a que no puedan verlo, es un desastre para el público, que sigue aplaudiendo, entre pausa y pausa. Luego viene el lavado y secado de pelo. Ingrid, coqueta, se deja atender. El peluquero arrastra una secadora cónica, formada por los brazos y el cuerpo encorvado de Antonio. Con peores resultados estéticos, la depilación pareciera el preámbulo para un ataque masivo de carcajadas. Los tirones de Jorge, que lucha con una cera imaginaria, lo llevan a perder el equilibrio. La mejor parte viene cuando el esteticista, meneando sus caderas de izquierda a derecha, calcula el precio del tratamiento aplicado a Ingrid. Ella posa y le espera, sonriente.

Foto: Juan Pablo Echenique/KM Cero
Enrollando folios que nadie ve, pero que se adivinan en las manos de este peluquero sigiloso, le entrega a su clienta el detalle del tratamiento de belleza. La cliente, lívida, repasa y repasa un papel que, por la dirección de sus ojos, es larguísimo y con muchas cifras. Las fuerzas decaen y se desmaya.
El público aplaude hasta que las manos se les enrojecen, una señora se para sobre su asiento y grita: “Otra, otra”. Los chicos hacen una muda reverencia y obedecen. En su interior, agradecen todo el cariño y atención que esa tarde de presentación en el Museo Casa Colorada de Santiago les han prodigado los asistentes, los mismos que los han seguido en sus rutinas en las afueras de los malls o en el centro de Santiago. “La gente tiene una concepción muy errónea del mimo. Siempre cree que uno va a molestarlos, pero cuando nos presentamos en festivales, se dan cuenta que nuestro arte es otra cosa. Que hay rigor y trabajo tras cada función”, declara Jorge, el más joven del grupo de actores de pantomima que llenaron la tarde de imágenes, risas y reflexión.Tras bambalinas, el director los felicita y también les destaca sus errores.

Foto: Juan Pablo Echenique/KM Cero
Jaime Schneider, profesor de todos ellos, los califica: “Estos chicos son actores con una base y una pasión por lo que hacen, que resulta un agrado dirigirlos. Más aún, porque detrás de cada propuesta, estos mismos comunican un significado para quien lo ve. La niña, preocupada por su apariencia, es una crítica a las famosas de la TV, el trabajólico. El mimo es un artista que comunica con todo, en medio del silencio”.
7 comentarios Etiquetas: carolina mascareño, escena callejera, festival de mimos, Juan Pablo Echenique, mimos, Museo Casa Colorada, silencio
Caro es genial leerte en este espacio. Me gustan estas historias que rescatas. Sigue así
Sin duda una profesión que nos deja a todos sin palabras al momento de verlo. Sólo con el aplauso como único gesto que puede reconocer el arte de los mimos.
Gracias Caro por estas historias!! Felicitaciones.
Saludos!
in lugar a dudas que con tan sólo leer esta noticia permite sumergirse en el mismo acto de los mimos, imaginar cada uno de sus movimientos al vaivén de cada precisa palabra acá expresada.
Mis más sinceras Felicitaciones por este trabajo, dan hasta ganas de ir a “aplaudir hasta que mis manos enrojezcan”^^
Es verdad, a mí me apestan esos mimos jotes que siempre te agarran cuando vas caminando, pocas veces me ha tocado ver espectáculos como el descrito aquí. Bien por km cero y los jóvenes artistas
Me parece muy interesante que se rescate el trabajo de personas talentosas anónimas, muy buen reportaje.
Oraleeeeeeeeeeeee!!!!! que dindo!! yujjuuuuuuuuuuu… esta super bueno todo loq ue escribes!! te lucistes!!! te mereces 7 estrellas!! ops!!!! solo ghay 5, jejejeje
Las fotos son buenísimas y el texto tb.
Cool.