Reporteado por: Martín Venegas En categoría: Sociedad
Sentí la doble decepción que produce el descubrimiento de cualquier trampa, por el mentiroso y por uno mismo. Pienso en las publicidades de agua mineral envasadas en botellas plásticas con formas de curvilíneo cuerpo femenino. Ahí ya estaba, desde siempre y riéndose de nuestra masculina inocencia, el secreto del engaño.

Algo me gustó en una joven deportista que caminaba al otro lado de una calle, no supe bien qué. Siguiéndola con la mirada, analicé su atractivo. Podía estar en su forma de andar, aunque fijándome más advertí que cojeaba un poco. Pensé en su cabello suelto siguiendo el ritmo de la cojera, pero el pelo no basta para conquistar a un hombre.
La ropa ajustada al cuerpo delgado era más probable, pero tan flaca no era. Finalmente, observé la botella con agua que llevaba en su mano; no tenía por qué importar, y sin embargo ahí estaba la respuesta. Me costaba creerlo, así que repetí el examen: piernas, glúteos, pechos, cara. Nada. No es que fuera fea, era muy normal, lo raro era haberme fijado en ella porque cargaba una botella.
Mi hallazgo es muy simple. Cuando vemos a alguien con una botella de agua en sus manos, la imagen que tenemos de él mejora. Imaginemos a una mujer que, en vez de pasearse por su universidad con una lata de Coca Cola, opta por la botella con agua. Las consecuencias son evidentes: ahorro de dinero, boca limpia y adelgazamiento. Sus amigas notan la diferencia y le copian la idea. Todas con sus botellitas de agua creyéndose más sanas que al tomar bebidas gaseosas, además de estar gastando menos plata.
Ellas justifican su elección con razones económicas y de salud, porque sabemos que esas dos áreas de nuestras vidas funcionan racionalmente. Sin embargo, la verdadera explicación detrás de la botella con agua no la reconocen tan fácilmente.
Resulta que es así: un hombre ve a una mujer con una botella y se imagina lo mismo que ella, que es sana y económica, y decide finalmente que le gusta. Si dejamos de confundir los fines medios con los fines finales, la conclusión es clara: las mujeres, algunas por imitación, pero las más con una astucia perversa, utilizan botellas con agua para seducir a los hombres.
Aclaro que mi descubrimiento es todavía muy reciente como para darlo a conocer con la seriedad y profundidad que se merece.
Mientras sigo investigando, comparto este primer escrito, sabiendo que algunas de sus ideas podrían llegar a cambiar. Cuando me pongo incrédulo, pienso que mi hallazgo es más personal que social, que simplemente descubrí que me gusta un sólo tipo de mujeres: las que toman agua, sobre todo si es en una botella plástica.
5 comentarios Etiquetas: agua, Botella, Ficción, Martín Venegas
Me encantó.
Buenísimo!
bien que lo dices, creo que me ha pasado lo mismo alguna vez!
ja
thiler