Reporteado por: MartÃn Venegas En categorÃa: Sociedad
Antes de guardarse en zapatos, nuestros pies eran muy diferentes. Hace miles de años, tenÃan una gruesa y sólida base de piel, refuerzos de callos en los talones y uñas fuertes en los dedos.
El empeine estaba cubierto por una gruesa y enmarañada capa de pelo seboso, ideal para proteger del frÃo y la humedad. Eran otros tiempos: todavÃa los pies merecÃan ser llamados patas sin que nadie se ofendiera.
Pero se inventó el zapato. Al principio era sólo un adorno hecho de piedritas, huesos, hojas otoñales o alguna flor enredada en los pelos del empeine. Por razones de higiene, pusieron en la planta una suela de cuero que se sacaba al entrar en los hogares, para no ensuciarlos con las inmundicias del exterior. Se fueron acostumbrando a usar sandalias y comenzaron las mutaciones.
Los pies se volvieron más sensibles. Hubo que mejorar el calzado, hacerlo más suave para que no molestara a cada paso. Las personas disfrutaban sentir más, podÃan conocer la temperatura de un rÃo sin tener que usar las manos, se acariciaban y hacÃan cosquillas los unos a los otros, inventaron las alfombras y valoraron el pasto.
Pero los pies seguÃan debilitándose y empequeñeciendo. El pelo se quedaba en los zapatos y casi no volvió a crecer. Las uñas se volvieron frágiles y se rompÃan por cualquier descuido. Las espinas se ensartaban en la tierna planta, causando mucho dolor a su dueño. El zapato, de un lujo, pasó a ser la necesidad que conocemos.
Actualmente existe una gran variedad de zapatos. Para correr, caminar, escalar o levantarse. Hay de hombres y mujeres, con taco, ventilación, ruedas o luces, para lluvias y desiertos. Un calzado para cada función de las que antiguamente el pie natural se hacÃa cargo, como si nos hubiésemos rendido ante la involución de la que somos culpables.
Como si aceptáramos que la tarea de adaptarse no corresponde más a los pies, sino a los zapatos.
7 comentarios Etiquetas: Ficción, MartÃn Venegas, objetos cotidianos, Zapato
Por suerte no pensamos con los pies.
Me gusta en parte que antes tuviesen pelos los pies (como los hobbits), porque estarÃan más calientitos y como yo sufro por tenerlos helados todo el año serÃa un beneficio, pero a la vez serÃa incómodo depilarse los pies todos los veranos… mejor me pongo 5 pares de calcetines y se acaba el problema.
Por otra parte, lo malo de los zapatos que, dependiendo de su calidad, los pies se ponen hediondos, pero gracias a la existencia del talco todos podemos ser felices estando descalzos.
Si Dios hubiera considerado necesario que sus hijos tuviéramos zapatos, con ellos nos habrÃa creado. Seguramente con un hermoso cabello de ángel nos habrÃa hecho cordones y todo. Considero herejes a todos aquellos que llevan zapatos, y tampoco me parecen aprobables sus modernas ideas sobre evolución humana, señor MartÃn.
BuenÃsimo martincillo… (”El pelo se quedaba en los zapatos” …cerdo!)
Sin querer eclipsar al bueno de MartÃn, los invito a leer estos dos excelentes escritos, Ãntimamente relacionados con este artÃculo. El primero es en verso; el segundo, en prosa.
Pablo Neruda - Al pie desde su niño: http://www.neruda.uchile.cl/obra/obraestravagario4.html
Jorge Luis Borges - Las uñas: http://caballodeletras.blogspot.com/2009/01/las-uas-jorge-luis-borges.html
Mientras los pies se vuelven más suaves con los zapatos, la cabeza se pone más dura con la TV…
O sea, bueno: al panda le salió un pulgar como nos dijo Foradori, y podÃa comerse mejor el bambú… pero la raza humana, no sólo en los pies sino en todo, cada vez más sensible. Cada vez menos pelos y más frÃo. La piel, en vez de engrosarse ahora que está tan terrible esto de la capa de ozono, se adelgaza más. Bajo ese concepto, toda la evolución es involución en nosotros, o no?